La historia tiene muchas amargas ironías, pero ésta debe ser puesta en el saldo a favor de los dioses, quienes dispusieron que los griegos tuviesen casi para ellos solos el Mediterráneo oriental durante el tiempo suficiente para efectuar esa experiencia de laboratorio, tendiente a mostrar hasta qué punto y en qué condiciones la naturaleza humana es capaz de crear y sustentar una civilización.

En Asia, el Imperio hitita había sucumbido; el reino de Lidia no se mostraba agresivo, y el poderío persa, que eventualmente venció a Lidia, era aún embrionario en los lugares apartados del continente; Egipto se hallaba en decadencia; Macedonia, destinada a poner en quiebra el sistema de la pólis, permanecía en la penumbra y siguió por mucho tiempo debatiéndose en un estado de semibarbarie inoperante; la hora de Roma todavía no había llegado ni se conocía ningún otro poder en Italia.

Existían, por cierto, los fenicios, y su colonia occidental, Cartago, pero éstos eran ante todo mercaderes. Por consiguiente, este vivaz e inteligente pueblo griego pudo vivir durante algunos siglos de acuerdo con el sistema aparentemente absurdo que satisfizo y desarrolló su genio en lugar de ser absorbido en la densa masa de un dilatado imperio, que habría sofocado su crecimiento espiritual y lo habría convertido en lo que fue después, una raza de individuos brillantes y oportunistas.

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