El poema de Gilgamesh data aproximadamente del tercer milenio a.C., aunque suele darse como fecha más exacta la del año 2300 a.C. Ha llegado hasta nosotros escrito en tablillas de arcilla halladas en sucesivas excavaciones arqueológicas, que en su mayor parte fueron encontradas el la biblioteca del rey Assurbanipal (668 – 626 a.C.). Aunque no tenemos posibilidad de establecer la fecha exacta del nacimiento y la muerte de Gilgamesh, se considera que vivió y reinó en la ciudad de Uruk alrededor del 2650 a.C., siendo el primer rey de la ciudad y el constructor de su muralla.

En esa época, en la zona que conocemos como Mesopotamia, alcanzaba un amplio esplendor la civilización sumeria, en cuya mitología ya aparecían referencias a los personajes que podemos ver en el poema. Los sumerios se habían establecido entre el Tigris y el Éufrates a lo largo del cuarto milenio a.C., alcanzando su mayor apogeo alrededor del 3.100 a.C. con la invención de la escritura cuneiforme y la fundación de las primeras ciudades, Uruk entre ellas.

Estas ciudades se constituyeron en estados independientes entre sí. Su núcleo era el templo, que más tarde se convertiría en zigurat (torre escalonada en cuya cúspide se situaba el santuario). El rey, máxima autoridad ciudadana, aunaba el poder político y el militar, y era además el sumo sacerdote.

Antes de entrar en materia, es importante recordar que en la región a la que hoy damos el nombre de Mesopotamia no se desarrolló una sola civilización, sino que se sucedieron diferentes pueblos (sumerio, acadio, asirio y babilónico), que fueron adoptando los descubrimientos y adelantos de sus predecesores. Al igual que los egipcios, los habitantes de Mesopotamia descubrieron que el agua de los ríos podía ser aprovechada para sus cultivos. Para encauzarla tuvieron que construir un sistema de canales y diques, puesto que, a diferencia del Nilo, el Tigris y el Éufrates se desbordaban con gran virulencia. También a diferencia del Valle del Nilo, Mesopotamia carece de defensas naturales, causa por la que periódicamente se viera invadida por nuevos pueblos guerreros, y por consiguiente ninguna de las civilizaciones que poblaron esas tierras fueron tan duraderas como la egipcia.

Leyendo el poema de Gilgamesh

Aquel que vio todo [hasta los confine]s de la tierra, [Que todas las cosa]s experimentó, [conside]ró todo. […] juntamente […], […] de sabiduría, que todas las cosas.[..]. (5) Lo [o]culto vio, [desveló] lo velado. Informó antes del Diluvio, Llevó a cabo un largo viaje, cansado y [derren]gado. Todo su afán grabó en una estela de piedra. De la terraplenada Uruk el muro construyó, Del reverenciado Eannal, el santuario puro.

La lectura del poema nos presenta en los primeros versos a Gilgamesh, rey de Uruk, y destaca ya, desde un principio, su heroicidad (“Aquel que vio todo hasta los confines de la tierra”). En efecto, en su búsqueda de la inmortalidad, Gilgamesh realizó un largo viaje que le hizo conocer distintos países, campos y mares (T. X, c. V, 24-29), y eso le dio sabiduría (como iremos viendo a lo largo del análisis, Gilgamesh experimenta importantes cambios a lo largo de los sucesos que se cuentan en el poema).

Al comienzo se nos presenta como un rey tiránico y arrogante (T. I, c. II, 23-24), y ésa es precisamente la razón de la aparición de Enkidu, que va a ser quien despierte en él el miedo a la muerte. Enkidu es creado por Aruru merced a las quejas de los habitantes de Uruk, y nace como un doble del rey, aunque en estado salvaje y guerrero (“esencia de Ninurta”, dios de la guerra). Cuando Gilgamesh le envía una prostituta, Enkidu abandona este primitivo estado animal y se dirige a la ciudad a enfrentarse al rey.

Cuando se ven, ambos admiran su fuerza y su realeza, como el propio Enkidu le dice a Gilgamesh (T. II, c. VI, 31-37). Los dos entablan una fuerte amistad y viven diversas aventuras: acaban con el monstruo Humbaba en la Selva de los Cedros, matan al Toro Celeste enviado por los dioses tras rechazar Gilgamesh la oferta de Ishtar. Pero los dioses se juntan en consejo y dirimen la muerte de Enkidu, que cae enfermo y muere a los ojos de Gilgamesh, que en ese momento aprehende eel cruel destino que a él también le espera.

Si caigo, habré conquistado la fama.
La gente dirá: ¡Gilgamesh cayó
luchando contra el fiero Humbaba!…
Estoy decidido a penetrar en el bosque de los cedros,
Hasta ahora es feliz mi corazón:
oigo este canto, veo una flor
quiero fundar toda mi gloria.

Este es uno de los temas más destacables del poema: el miedo natural del hombre hacia la muerte, sobre todo al verla reflejada en la persona de un ser querido, y el deseo irracional de vencerla de cualquier manera. En ese momento Gilgamesh es consciente de su propia finitud, y desesperado se lanza a la búsqueda de una inmortalidad cuyo secreto, cree él, le desvelará Utnapishtin, el héroe del diluvio, el Noé de la tradición mesopotámica, a quien los dioses habían entregado la vida eterna.

Llegados aquí tiene lugar uno de los aspectos más significativos del poema, donde entramos de lleno en el campo del pensamiento mítico. El rey, tan despreocupado por su muerte al comienzo del poema, toma ahora conciencia de ella y se lanza a vagar por la estepa, se deja crecer el pelo y se nos muestra en un estado casi salvaje. Es decir, realiza el mismo paso que realizó Enkidu, pero justamente a la inversa. Si Enkidu había sido concebido en estado salvaje y la prostituta había despertado en él la inteligencia y la civilización, ahora Gilgamesh, que ya se encontraba en ese estado, se lanza a su contrario, al estado de la naturaleza, en busca de la inmortalidad.

Gilgamesh

El intento estaba ya, de inicio, condenado al fracaso, pues una vez situado en el, llamémosle así, “estado de cultura”, Gilgamesh es perfectamente conciente de su propia muerte, y esos conocimientos no pueden ser eliminados. Intenta pasar a un estado animal, que precisamente se diferencia del humano en que el animal, sin poder de ninguna manera evitar su final, nunca llega a ser conciente de ello, por lo que no experimenta esa agonía tan propiamente humana.

El propio Enkidu, cuando se encuentra en su estado primitivo, no es conciente de ello, y de hecho, cuando cae enfermo y su muerte se acerca, maldice al cazador que lo vio, y maldice a la prostituta (T. VII, c. III, 1-10). Y entonces el dios Shamash le recuerda todo lo bueno que pudo conocer al dar el paso del estado de naturaleza al de cultura, los manjares, vinos y ropajes que pudo probar (T. VII, c. III, 35-40).

Hé aquí claramente la explicación del pensamiento mítico, la justificación, digámoslo así, del paso de naturaleza a cultura. Por un lado el conocimiento, los distintos placeres de la vida, como destaca Shamash, y por el otro la propia conciencia de la muerte y la agonía que ello conlleva. Este dilema parece atormentar a Gilgamesh, que decide abandonar, o al menos intentarlo, el estado de cultura para adentrarse en el de la naturaleza y, desde ahí, alcanzar una inmortalidad sólo destinada a los dioses.

Y es que desde un principio parece claro que Gilgamesh no se conforma o no se quiere conformar simplemente con vivir su vida. De alguna forma quiere trascender más allá de eso, quiere ser recordado, como lo explica a Enkidu cuando planea ir en busca del monstruo Humbaba (T. III, c. I, 12-16), aunque lo que realmente ansía es convertirse en inmortal, como los dioses. Sin embargo, ese camino, como ya se puede prever, le resulta del todo infructuoso puesto que sólo los dioses son inmortales y Gilgamesh no es uno de ellos, así que no podrá lograr ni la propia inmortalidad ni dejar de ser conciente de su inevitable final.

Sin embargo, Gilgamesh parece contento cuando regresa a Uruk tras su largo viaje, después de conocer a Utnapishtin, y después de aceptar que no podría nunca alcanzar su objetivo. Eso parece quedar aún más claro cuando, durante el viaje de vuelta, llega a perder la planta de la vuelta a la juventud que le regaló Utnapishtin como recompensa por el viaje realizado y los peligros vividos. En ese momento Gilgamesh se da definitivamente por vencido y abandona la idea de conseguir la vida eterna, aceptando sus propios límites. Lo que intentó fue, de alguna manera, sobrepasar los límites de lo humano, sus límites, que quedan además perfectamente representados en los muros de Uruk, esos muros que el propio Gilgamesh tanto se encarga de engrandecer.

El poema termina de la misma manera que empieza, con un Gilgamesh admirando la ciudad y su muralla desde dentro de ella, donde es el más poderoso y ahora, además, el más sabio, lo que explica también los primeros versos de la obra: “Aquél que vio todo” o “Que todas las cosas experimentó”.

Ese viaje, ese largo transcurrir que lleva a Gilgamesh a conocer tantos lugares y experiencias, establece claramente que desde el estado de cultura no se puede ni regresar al de naturaleza ni alcanzar el de los dioses, sino que, inevitablemente, los seres mortales con conocimiento y cultura son, porque no puede ser de otra manera, conscientes de su propia condición humana y, por lo tanto, mortal. Y Gilgamesh alcanza ese saber sólo después de intentar traspasar esos límites.

Varias anotaciones y curiosidades del poema de Gilgamesh

Como nota destacable, hay que mencionar que estos “cambios de estado” incluyen una curiosidad muy significativa, y es el cambio de vestimenta que experimentan sus protagonistas. Debía ser este un aspecto muy importante en la civilización sumeria, puesto que tanto Gilgamesh como Enkidu cambian sus ropajes siempre que pasan de un estado a otro. Es más, resulta como si el siempre cambio de vestimenta ya sirviera para dar ese paso, como podemos observar cuando Utnapishtin dispone que su invitado se despoje de sus ropas sucias y se coloque unas nuevas (T. XI, 235-250), entendiéndose que de esa forma Gilgamesh abandonará el estado de naturaleza que él mismo buscó y volverá al estado de cultura. El mismo proceso podemos ver cuando la prostituta ofrece a Enkidu nuevas ropas cuando lo está “civilizando”, y cuando Gilgamesh decide marcharse a la estepa y vagar en busca de la vida inmortal realiza lo mismo, pero al revés, se deja crecer el pelo y se viste de pieles sucias y mohosas, simbolizando su nuevo estado.

Otro aspecto que destaca el poema es el inmenso poder que acapara el rey. En efecto, en esta época el poder del rey era muy importante, y además era considerado como el elemento más cercano a los dioses. Aquí debemos hacer un inciso importante, y es que hay que destacar que, para los sumerios, la distancia entre los hombres y los dioses no era tan radical. Sin eliminar la importante barrera que los separa, la consideración sumeria no tiende a ver a los dioses como un elemento demasiado lejano.

Esta consideración menos “divina” que la habitual puede resultar chocante cuando leemos el poema, puesto que los dioses juegan aquí un papel determinante en la sucesión de los acontecimientos, hasta tal punto llega a parecernos que los hombres están absolutamente a su merced. Los dioses crean a Enkidu y también lo matan, los dioses envían el Toro Celeste, los dioses ordenar el diluvio y otorgan el favor de la vida eterna a Utnapishtin. Incluso el máximo anhelo de Gilgamesh, la inmortalidad que tanto ansía y que llega a convertirse en centro y fin de su universo, es, al fin y al cabo, un favor que también ha de recibir de los dioses. Es decir, que aunque la civilización sumeria no contemplara la diferencia entre dioses y humanos de una forma tan abismal como lo hacemos hoy en día, esa diferencia estaba muy clara, y los propios sumerios la aceptaban sin por supuesto cuestionar la voluntad de los dioses.

Es seguramente por eso que uno de los baluartes de la legitimidad del rey Gilgamesh como tal era, precisamente, su parte divina (“dos tercios de él son dios”), lo que le otorga un aura de poder absoluto e incuestionable. Ésta forma de legitimar a los monarcas, de hecho, siguió presente hasta la propia abolición de las monarquías absolutas con el derrumbamiento del Antiguo Régimen. La divinidad de los monarcas o la voluntad divina de que sean ellos los elegidos para desempeñar su tarea ha sido siempre la manera más efectiva de lograr la plena aceptación de los pueblos. Gilgamesh era, además, un monarca muy poderoso, como demuestra la propia construcción de la muralla de Uruk, probablemente la primera, y contaba con la total confianza de sus súbditos.

En otros textos se destacan sus grandes victorias contra Akka, rey de Kish, y en el propio poema se le nombra como un excelente guerrero (“El empuje de sus armas no tiene par”). Y es que para un rey, en la época a la que nos referimos, ése era un aspecto importantísimo, casi una piedra angular de su mandato. Y era, además, el aspecto que quizá más incidencia tenía sobre la moral de su población, y por consiguiente sobre la confianza que los ciudadanos podían tener en su rey.

Así, la teoría nos dice que un rey victorioso en sus batallas, como Gilgamesh, del que también se destaca su templanza y su clemencia con los enemigos derrotados, seguramente gozaba de la total aprobación de su población. Sin embargo, el poema comienza con una desesperada queja de los habitantes de Uruk al respecto del comportamiento de su rey y con un castigo divino hacia él, y es éste un cambio, el que se produce en el comportamiento de Gilgamesh, que sin duda llama nuestra atención como uno de los aspectos más destacables del poema.

Porque el poema termina con un Gilgamesh aún más poderoso que en su inicio, y ese crecimiento se lo otorga la enorme sabiduría que le dio su viaje y su encuentro con Utnapishtin. Sin duda el Gilgamesh real, tal como parecen contar los restos de la época, debió ser un rey poderoso, aunque en este parecer la leyenda derivada de toda esta aventura que tiene lugar en el poema haya tendido a engrandecer su figura y elevarla prácticamente a la categoría de mito.

La lectura del poema, del que no hay que olvidar que nos separan casi cinco mil años, nos ofrece numerosas reflexiones propias del pensamiento mítico. Desde nuestra perspectiva actual nos puede parecer una mera leyenda, una simple aventura de un héroe cualquiera el viaje que realiza Gilgamesh en busca de Utnapishtin, pero ese razonamiento no podría estar más lejos de la realidad. En una sociedad en la que el hombre se consideraba como un elemento más a la misma altura que la propia naturaleza, en ningún momento por encima de ella, la búsqueda de Gilgamesh responde simplemente a unos objetivos muy concretos, perfectamente razonables y comprensibles dentro del marco histórico en el que nos movemos. El propio Utnapishtin alcanzó la categoría de dios y con ella la inmortalidad, aunque en su caso no fue él quien la buscó. Pero sin duda ese ejemplo debe servirnos para comprender que, cuando Gilgamesh abandona su palacio, sus comodidades, el trono de su ciudad, y se lanza a una aventura de incierto final, lo que persigue es para él la mayor hazaña a la que puede aspirar, y cree irremediablemente en que puede conseguirla, pues si no difícil sería que se hubiera lanzado en su búsqueda.

Para Gilgamesh, Utnapishtin es el único ser humano capaz de contarle la manera de alcanzar la inmortalidad, sencillamente por que es el único mortal que ha alcanzado tal categoría, y por eso su decepción es tan grande cuando comprende la verdadera historia de lo sucedido y la razón por la que Utnapishtin alcanzó la vida inmortal. Pero sin duda elementos como Utnapishtin y el diluvio, la divinidad siempre presente en el devenir de los acontecimientos, el árbol de la vida del que Gilgamesh recibe la planta de la vuelta a la juventud o la propia búsqueda de la inmortalidad son vistos a nuestros ojos como un contexto mítico para una historia que quizá se asemeje mucho, en su temática, a otras muchas que hemos oído.

Pero este poema fue escrito en el tercer milenio a.C., y prácticamente supone la primera obra literaria, con todas las características de tal género artístico, de toda la humanidad.

Apuntes bibliográficos

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